miércoles, 11 de enero de 2017

12 DE ENERO DE 1869. LA ÚLTIMA PATRIADA DE FELIPE VARELA: BATALLA DE PASTOS GRANDES.

Felipe Varela: perseguido y denigrado en vida, 
silenciado y difamado luego de su muerte.

El exilio de Felipe Varela en noviembre de 1867, y el fracaso de otra revolución intentada en Córdoba la noche del 18 de febrero de 1868 por Simón Luengo y el exgobernador Pío Achával, el único resultado fue la fuga del primero, la sublevación parecía extinguida. Sólo quedaba en pie Aurelio Zalazar con sus montoneros de Chilecito.
En setiembre de 1868 Bartolomé Mitre está cerca de terminar su presidencia; Sarmiento, apoyado por Adolfo Alsina, su vicepresidente, y casi todas las situaciones en la Argentina profunda, va a sumir el gobierno nacional. Se dicta una amnistía, e invocándola Aurelio Zalazar se presenta al coronel Octaviano Navarro el 24 de septiembre. Será fusilado “pues no puede darse categoría de revolucionarios a bandoleros y asesinos”, dice el juez federal al negarle amparo.
Felipe Varela, que está en Potosí y publica –el 1 de enero de 1868- un Manifiesto a los pueblos americanos documentando los acontecimientos de 1866 y 1867, se indigna por el fusilamiento de Zalazar. Por un momento había querido cree, pese a tantas cosas, que la elección de Sarmiento cambiaría la política.
El día de Navidad de 1868 se lanza otra vez a la guerra. Deslizándose subrepticiamente de Potosí a Antofagasta de la Sierra –pues el general Mariano Melgarejo, usurpador de la presidencia de Bolivia, captado por los brasileños, le es hostil- recoge algunos dispersos y al grito de ¡Viva la Unión Americana, mueran los salvajes unitarios! se echa a través de los contrafuertes andinos. No alcanza su hueste a cien gauchos, con pocos y viejos fusiles.
La invasión amedrenta a Buenos Aires. Martín de Gainza, ministro de guerra de Sarmiento, ordena al general Ignacio Rivas ir a Salta con una división. No cree suficientes las fuerzas que existen allí a las órdenes del mayor Julio A. Roca. Navarro, a quien se acusa de pasividad con los montoneros, promete “matar [a Varela] en combate”.
No tremolará mucho tiempo el estandarte punzó en la Puna de Atacama. El teniente coronel Pedro Corvalán, del regimiento de Roca, se basta para derrotarlo en Salinas de Pastos Grandes el 12 de enero de 1869.
Según el parte del combate que Corvalán pasó la columna invasora de Varela tuvo cinco muertos y se le hicieron 54 prisioneros, figurando además ocho mujeres. Varela “con muy pocos hombres pudo escapar gracias a sus buenas cabalgaduras, en dirección a Antofagasta”.
Los dispersos tratan de volver a Bolivia, pero Melgarejo lo impide; toman entonces el camino de Chile. Produce conmoción su llegada, dada la fama del caudillo, y el gobierno manda un buque de guerra para “desarmar su ejército”.
Con grandes sacrificios, Varela había conseguido a reunir en Atacama (Chile) una reducida fuerza, con la que se puso en marcha sobre Salta a fines de diciembre de 1869. Solicitó entonces la colaboración de Guayama, que seguía en pie de guerra con el gobierno nacional después de haber sitiado y tomado La Rioja junto con Elizondo en agosto de ese año. Le pidió que marchara con toda la gente que pudiera reunir hasta Fiambalá, y que desde ese punto le hiciera un propio para combinar las operaciones. “… cuento con usted –le decía- para nuestros trabajos como verdadero amigo de la Patria”. Pero la carta fue interceptada por gente de Navarro quien se movió desde La Rioja en diciembre al noticiarse de la invasión.
Los porteños en Chile encuentran un anciano enfermo de tuberculosis avanzada y dos docenas de gauchos desarrapados y famélicos. Les quitan las mulas y los cuchillos, y los internan en Santiago por un tiempo. A fines de 1869, empeoradas las relaciones argentino-chilenas, el gobierno deja ir al montonero a Copiapó esperanzado en una nueva invasión. Que no puede producirse: “el principal de estos malvados, Felipe Varela –escribe Félix Frías, ministro argentino en Chile, el 16 de mayo de 1870-, está gravemente enfermo, y de él nada hay ya que temer”.
Fallecerá el 4 de junio en Ñantoco, cerca de Copiapó. “Muere en la miseria –informa Frías legando a su familia, que vive en Guandacol, La Rioja, sólo sus fatales antecedentes”.