Momento en que Gonzalo Jiménez de Quesada funda Santa Fe de Bogotá, precisamente en el centro de Bogotá.
Gonzalo Jiménez de Quesada fue uno de los pocos licenciados que vinieron por entonces a América. A juzgar por la “calidad” de la dominación colonial, dicen que es preferible ser esclavizado por alguien educado que, por ejemplo, un analfabeto, porquerizo en España, como Francisco Pizarro en la conquista del Perú (lo único que falta es que los descendientes de Pizarro me denuncien al INADI).
Gonzalo Jiménez de Quesada, fundador de Santa Fe de Bogotá en la Nueva Granada.
Jiménez de Quesada fue el conquistador de Nueva Granada y el
fundador de Santa Fe de Bogotá. Nacido en Córdoba, España, en 1499. Pero el
licenciado fue un mediocre en el terreno de las letras –es decir que no era mucho
mejor que Pizarro- por eso se aventuró en el camino de América. Se embarcó como
soldado en la expedición de Pedro Fernández de Lugo, gobernador de Santa Marta,
que entonces no tenía ni tren ni tranvía.
Lugo nombró teniente a Quesada y le confió una partida para
que expedicionara la cabecera del Magdalena. Jiménez de Quesada el 6 de abril
de 1536 partió con 800 hombres: 200 por mar y 600 por tierra. Pasó penurias
indecibles en las riberas del Magdalena (bosques impenetrables, ciénagas
infestas, hostigado por los pueblos originarios que buscaban defenderse de la
invasión, atravesados por el hambre y la natural incomunicación). De los 800
que partieron, solo 166 llegaron a la meseta de Cundinamarca y ocho meses
después.
De pronto detrás de la tormentosa travesía, apareció un
soleado valle de bohíos, campos de maíz, palacios de preciosas maderas y chozas
techadas de paja brava (que es de la buena). Quesada rebautizó a aquella región
en la sabana santafereña, “Valle de los Alcázares”, recordando a su entrañable
Andalucía.
"Valle de los Alcázares", la Bogotá donde residía el indio Zipa.
El botín que rapiñó en Hunsa, capital de Zaque, creyó que
superaba al de Perú.
El Zipa Tisquesusa, en guerra con el Zaque Quimichatecha, se
dirigió bélicamente hacia los invasores europeos. Pero como había ocurrido en
tantos lugares ni bien tronaron los arcabuces y simultáneamente comenzaron a
desbocarse los caballos en infernal carrera contra los pobres naturales, el
Zipa emprendió una desesperada huida, dejando en hispánicas manos sus tierras,
que fueron saqueadas por los dioses blancos que se robaron hasta los templos y
palacios.
A mediados de 1538, Jiménez de Quesada y su ridícula armada
llegan a la meseta de Cundinamarca: eran unos 160 desharrapados.
Meseta de Cundinamarca.
Concomitantemente, casualmente otros 160 valientes hispanos,
con su jefe (que no era Brancaleone) y un capellán (que ni era Dionisio
Rentamales), surgieron, provenientes del sur: eran los hombres de Belalcázar. A
la vez, emergiendo desde el oriente, otros 160 (¡otra vez! O era un número
cabalístico o la providencia les estaba indicando que jugaran al 160 –la
virgen- ¡mamita, si agarraban una por ahí!), con su respectivo capellán (a
quien llamaban “el 40”), llevando a la cabeza al alemán Nicolás Federmann,
irrumpieron en el mismo sitio, después de haber soportado mil penurias en la
travesía desde el Orinoco.
A punto estuvieron de apelar a las armas, pero predominó la
cordura. Se impuso la astucia y la instrucción de Jiménez de Quesada, quien
difirió la solución final del litigio a la voluntad del rey y se quedó como
dueño y señor del país, fundando la ciudad de Santa Fe de Bogotá, precisamente
en el mismo lugar donde estaba ubicada Bogotá, de ahí el sinnúmero de juicios
por plagio que tuvo que soportar el andaluz, cuando bien podía haberle puesto
“Jimenondia”.
El derrotero de los tres conquistadores que se encontraron en Bogotá.
No bien hubo fundado su ciudad , a la que bautizó –según una
versión basada en documentos- como la “Del águila negra y las granadas de oro”,
se volvió a España (1539), pero no alcanzó las mercedes que esperaba (todas lo
plantaron) y, en cambio, derrochó el dinero a manos llenas (¿llenas de qué?).
Regresó a Nueva Granada arruinado, con el pobre título de regidor de Santa Fe
de Bogotá. Sólo más tarde recibió el de Adelantado (porque se había adelantado
a Belalcázar y a Federmann) del Nuevo Reino de Granada.
Viejo y achacoso, casi septuagenario (que para aquel entonces era como
decir centenario), se atrevió a internarse en los llanos orientales, para tomar
las tierras que ahí le había asignado el rey. A los tres años tornó a Bogotá,
más pobre que antes, pues había cambiado a los indios oro por baratijas ¡Llegó
lleno de baratijas!




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