sábado, 18 de agosto de 2012

19 DE AGOSTO DE 1809: LOS “MARQUESES CRIOLLOS” FORMAN UNA JUNTA EN QUITO, DESTITUYEN A RUIZ DE CASTILLA.

El marqués de Selva Alegre, don Juan Pío de Montúfar, titular del Cabildo en el momento de instalación del "juntismo".(¡Qué bien le quedan los bucles!).

Los centros disociadores de la unidad latinoamericana son básicamente Buenos Aires, Caracas, Bogotá y Lima. Aunque observemos que, a pesar de todo, se formaron Juntas –con avances y retrocesos- en toda América, menos en Lima. A esa disolución contribuyen las ciudades menores, centros de interés regionales que transcurren plácidamente su vida bajo la sombra de un campanario; pero, que habrían podido ser doblegados por las armas. Tal es el caso del patriciado rural de la Banda Oriental, del comercio altoperuano vinculado al Pacífico, de los terratenientes y propietarios de minas chilenos.

Juan de la Cruz Vial, patricio oriental.  Los patricios son aquellas familias de clase dominante que influyeron en la independencia del país (tanto a favor como en contra) y tenían educación, ciertas tradiciones y buenos modales. Además, estas personas consideradas ''padres de la patria'' tenían poder político y económico. Fueron los que destruyeron a Artigas.
En el antiguo reino de Quito o, en realidad, Presidencia de la Audiencia de Quito estalló la revolución el 10 de agosto de 1809, que nos sirve para explicar el porqué de la imposibilidad de una autonomía: por carecer de apoyo popular. La encabezaron cuatro marqueses criollos: el marqués de Selva Alegre (don Juan Pío de Montúfar, que era el titular del Cabildo)- cuyo activo secretario era el peruano Rodríguez de Quiroga-, el marqués de Solanda, el marqués de Villa Orellana, el marqués de Miraflores y –en broma, agregamos uno más, pariente de Selva Alegre- el marqués de Bosque Jarana. Su ruptura con la autoridad local española estaba planteada en estos términos, era para  “la conservación de la verdadera religión, la defensa de nuestro de nuestro legítimo monarca y la propiedad de la patria”. Como en otras regiones de Hispanoamérica, la presunta “revolución” chocó con la indiferencia u hostilidad de las masas populares. Ellos y otros connotados vecinos formaron la Junta de Quito, el 19 de agosto de 1809.


El sosias de los marqueses quiteños en Brasil era el marqués de Tamandaré.
 
Otras ciudades siguieron el ejemplo de la ciudad de Pichincha, pero Guayaquil y Cuenca se negaron a hacerlo. La ciudad de Pasto, al sur del virreinato de Nueva Granada, caracterizada por su realismo inexpugnable, lanzó sus fuerzas contra la Junta de Quito, que pacto con el que hasta entonces era la máxima autoridad quiteña, Ruiz de Castilla, presidente de la Audiencia, tal como dijimos líneas arriba.

Un lugar de prisión (escenificado): Tras los sucesos del 10 de agosto de 1809, considerados “peligrosos”, con grilletes y muchas veces incomunicados, aquellos civiles que participaron en el golpe y la “Junta Soberana” fueron apresados en el cuartel.
 
Dice Liévano Aguirre: “Fue tan evidente el espíritu de casta que inspiró el movimiento y tan notorio el menosprecio que profesaban al pueblo los aristócratas quiteños, que no tardaron los autores de la conjura en enfrentarse a la hostilidad de las clases populares y hasta les fue imposible reclutar unos cuantos soldados, para defender su causa contra las fuerzas militares despachadas desde Lima, Pasto y Popayán”.

El fenómeno juntista americano es la consecuencia de lo que está ocurriendo en España.
 
El rey era un poder lejano –una entelequia dirían nuestros amigos los filósofos- para los mestizos y negros, pero los aristócratas criollos estaban demasiado cerca (no eran potenciales, eran activos actores de la infamante realidad); así pudo verse el rechazo popular de criollos pobres o mestizos en “sorprendente armonía con los peninsulares” nos cuenta Oscar Efrén Reyes. Reprimida la “revolución” de los marqueses por la barbarie sangrienta de las fuerzas españolas, que sembraron el terror en Quito, la segunda oleada revolucionaria lanzará a la lucha esta vez a las fuerzas populares: la causa de la independencia esta vez será invencible.

En la segunda oleada revolucionaria se lanzarán a la lucha las fuerzas populares.
 
Habían triunfado, contra los juntistas marqueses, los pastusos y, a la vez, convergieron de Santa Fe las tropas del teniente coronel Dupré, mientras que en Guayaquil se presentaban los barcos del virrey de Lima, Abascal, el cual también despachó tropas por tierra desde Maynas.
Ruiz de Castilla, entretanto, fue restituido en el poder. Dictó enseguida un bando de amnistía; pero, al entrar vencedor en Quito el coronel Manuel Arredondo, principió su tarea de exterminio, desconociendo la amnistía.

Conde Ruiz de Castilla.
 
El 22 de septiembre, Carlos de Montúfar, delegado de la Junta Central, inició otro movimiento. Se formó otra Junta en Quito, a cuya cabeza se colocó al anciano Ruiz de
Castilla, quien ordenó el retiro de las tropas de Abascal, que fueron despedidas en agosto de 1810.
Al fin se proclamó la independencia el 11 de octubre de 1810. Pero, en 1812, el territorio estaba de nuevo totalmente dominado por el ejército de Abascal.