miércoles, 27 de junio de 2012

28 DE JUNIO DE 1966: GOLPE DE ESTADO DE LA JUNTA MILITAR QUE DESTITUYE AL PRESIDENTE ARTURO ILLIA Y COLOCA EN EL GOBIERNO AL GENERAL JUAN CARLOS ONGANIA.


Golpe de Estado de 1966, un cuartelazo a la semi-institucionalidad implantada con Illia.
Iniciado 1966, las dificultades del gobierno radical se acrecientan, Rapoport analiza que las “dilaciones en torno al lanzamiento (de un anunciado plan de desarrollo), la vaguedad de los objetivos y el eje centrado fundamentalmente en el crecimiento, ponían de manifiesto cierta tibieza para emprender cambios profundos, mostrando una vocación mucho más volcada a la administración equilibrada que al emprendimiento de una decidida acción transformadora”.

La prudencia de Illia y su respeto por el diálogo le generaron la fama de débil.
 
Es que “el impulso económico comenzaba a desvanecerse. Si bien no se manifestaban todavía una nueva depresión ni desequilibrios profundos en diversos mercados, las variables macroeconómicas mostraban una marcada desaceleración”.

Desaceleración de la economía en la última época de Illia.
 
Se suceden huelgas (municipales, ferroviarios, portuarios). El gobierno insiste en aplicar el Plan Conintes. La parsimonia es exasperante. La virtud de ese radicalismo está en la omisión: no a las concesiones petroleras, no a los stands by con el FMI, no a los grandes peculados. Pero no hay un programa de cambios profundos para la Argentina. Es un nacionalismo defensivo, de estrecha mentalidad chacarera, adecuado para una gestión provincial, pero inservible para imponerse a las trabas que se oponían a las transformaciones necesarias. Perplejo ante fenómenos nuevos como la industrialización y los sindicatos, sumido en total quietud, a la espera de lluvias que provoquen abundantes cosechas. “Es una generación vieja, superada”.

Arturo Umberto Illia, luego de derrocado. La imagen misma del dinamismo.
 
Lo verdaderos dueños del poder aprovechan para desarrollar campañas fuertemente opositoras desde variados medios, con la complicidad de periodistas aventureros o bien remunerados. Algunas revistas, como Confirmado y Primera Plana son abiertamente golpistas.

Editorial de Mariano Grondona en Primera Plana, prácticamente el mismo día del Golpe.
 
Illia afronta distintas dificultades, desde el clientelismo político fomentado por Balbín, para los cuales mantenerse en el poder consiste en puestos a los correligionarios, hasta el estado deliberativo de los cuarteles; los “azules” esperan que llegue su hora “para salvar a la patria”. Las presiones empresariales lo conducen a reglamentar la ley de asociaciones profesionales estableciendo el control de los fondos de los sindicatos y la prohibición de actividades políticas, así como el reconocimiento de varios sindicatos por rama de producción. Asimismo, veta varios artículos de las modificaciones a la ley 11.729, de despido, promoviendo la protesta de la CGT.
También surge un conflicto con los grandes grupos económicos por el proyecto sobre medicamentos, formulado por el ministro de Salud Pública -Dr. Arturo Oñativia- que se transforma en ley y golpea duramente a los laboratorios transnacionales. Por ella se congelan precios, se limitan los fondos que usan los laboratorios para campañas publicitarias y se restringen los pagos de regalías y las remesas de utilidades al exterior. Los intereses imperiales mueven sus influencias internas y externas mientras la dirigencia radical no comprende que ante adversarios poderosos solo es posible avanzar contando con el apoyo de una fuerte movilización popular.

Dr. Arturo Oñativia, él único que propone algo interesante -aunque no original, puesto que el Dr. Carrillo, creador del Ministerio de Salud Pública, fue el motor de EMESTA, donde la fabricación de medicamentos hacía que fueran gratuitos- le cuesta la caída inmediata al gobierno por parte de las corporaciones farmacéuticas transnacionales.
 
Otra de las cuestiones preocupantes para los intereses internos y externos residía en si el presidente iba a avanzar en su política de abrir el campo electoral al peronismo. Algunos sectores golpistas consideraban que había que oponerse a toda posibilidad de un gobierno peronista, que podría producirse si Illia era consecuente con su cacareado democratismo, mientras otros sectores de las fuerzas armadas juzgaban una alianza con los sindicalistas peronistas que permitiera constituir un gobierno de orden, con sinceramiento político, pero donde la fuerza militar jugara un rol clave.
Un grupo de militares “azules” participó de un homenaje con varios gremialistas, en marzo de 1966, con motivo de una distinción al general Leal, por su expedición al Polo Sur. A partir de ese encuentro, la alianza sindical-militar aparece en las “versiones” de diversos periódicos como la salida probable a esa crisis que algunos llaman de estancamiento y simbolizan en la célebre tortuga.

El general Onganía con los dirigentes sindicales (participacionistas) Peralta y Coria.

En mayo de 1966, el gobierno acusa a las revistas Primera Plana, Confirmado y Atlántida de una prédica desestabilizadora dirigida a quebrar el orden constitucional. En esos días –el 13- el enfrentamiento entre grupos antagónicos del gremialismo peronista culmina en una tragedia en la confitería “La Real” de Avellaneda: allí mueren Rosendo García, Domingo Blajaquis y Juan Salazar.
Un discurso del mal llamado comandante en jefe, general Pistarini, de severa crítica al gobierno, evidencia que el golpe está cerca.

Obra maestra de Rodolfo Walsh, quien ahora se refiere a hechos de la realidad, superando a sus magistrales investigaciones detectivescas en las novelas de ficción que tan bien escribió. La "Confitería Real" de Avellaneda, el asesinato de Rosendo, las bandas de vandoristas, auténticos sindicalistas y burócratas.
 
El 7 de junio habrá un nuevo paro general convocado por la central obrera. En las semanas siguientes, el derrocamiento de Illia aparece como inminente y se habla del tema en los periódicos como una noticia más. El radicalismo carece de vigor y de capacidad política para intentar una solución. Sumido en la impotencia parece esperar el desastre, sin adoptar medida alguna. Sólo al final, cuando la insurrección ya es pública, recurre al único jefe leal, el general Caro, pero ya es tarde.
El 28 de junio, el general Julio Alsogaray ingresa a la Casa Rosada y le comunica a Illia que está destituido. El médico de Cruz del Eje reacciona dignamente: -Yo soy el comandante en jefe de las fuerzas armadas y usted un vulgar faccioso que usa sus armas y sus soldados desleales para violar el orden. No es más que un bandido y yo, que soy el comandante en jefe, le ordeno salir. El general Alsogaray responde: -Si insiste, nos veremos obligados a usar la violencia. El presidente le contesta: -Ustedes la han usado y la continuarán usando. Yo estoy aquí no para defender intereses personales, sino por haber sido elegido por el pueblo para defender la ley y la Constitución…

El Dr. Illia -luego de su deposición- retirándose de la Casa Rosada.
 
Al rato, a las siete de la mañana, ingresa a la “Rosada” un grupo de policías, con pistolas lanzagases, encabezados por el coronel Perlinger, obligando al presidente Illia y a sus colaboradores a abandonar su despacho.
Al salir de la Casa de Gobierno, el expresidente aborda un taxi para dirigirse a su casa. Apenas un puñado de radicales leales lo acompaña. La ciudad de Buenos Aires no altera su ritmo habitual, como si nada ocurriese.
Los jefes de las fuerzas armadas –general Pascual Pistarini, al mando del ejército, almirante Benigno Varela, por la armada, y el brigadier Adolfo Álvarez, por la aeronáutica- informan al pueblo que han destituido al presidente. Pocas horas después nombran al general Juan Carlos Onganía como nuevo presidente, de facto.