La imagen lúgubre del Mundial que se jugó en la Argentina de la Dictadura cívico-militar.
Se aproximaba la fecha del Mundial de Fútbol. La realización
del certamen revestía importancia para el gobierno encabezado por los
militares. Por un lado, la Argentina se
convertiría en una vidriera para turistas y delegaciones extranjeras: del éxito
organizativo dependería el mejoramiento de la imagen externa del país. Por otra
parte, el gobierno confiaba en que un triunfo deportivo produciría una euforia
capaz de distraer a los argentinos de cuestiones más graves y acuciantes. Era
importante presentar, a los ojos del mundo, la imagen de un pueblo alegre y
unido en torno a su gobierno.
El gauchito-mascota del Mundial, pateando una calavera que es más simbólico y creíble que haber pateado una pelota en aquellos días.
En el exterior se dudaba de la realización del certamen: se
pensaba que no se cumplirían los plazos de realización de las obras de
infraestructura y que no era conveniente llevar a cabo el campeonato en un país
acusado de graves violaciones a los derechos humanos. Ya en abril el embajador
argentino en Francia, Tomás de Anchorena, denunció la existencia de una campaña
destinada a desprestigiar al país que pretendía boicotear el mundial de fútbol.
Tampoco todas las opiniones gubernamentales coincidían: el
secretario de Hacienda, Juan Alemann, había manifestado que el campeonato
mundial de fútbol era una “herencia que no debió haberse aceptado, pues es un
factor inflacionario y el área de economía no participó en la concepción de la
instrumentación de esa decisión”.
Publicación de boicot al Mundial de Argentina ´78, firmado por el comité parisino por los Derechos Humanos.
Pero la opinión de la Marina –que tenía
amplia injerencia en cuestiones externas- pesó decisivamente. La organización
Montoneros había anunciado su decisión de sabotear el certamen, pero poco antes
de su iniciación anunció una “tregua”: muchos vincularon ese cambio de actitud
a las negociaciones mantenidas por Massera con Firmenich en París, en agosto de
1977. Además, un atentado de proveniencia poco clara había costado la vida al
general Omar Actis, presidente del EAM´78 (Ente Autárquico Mundial ´78). En su
reemplazo se designó al general Antonio Merlo, pero la figura del almirante
Carlos Lacoste, -miembro del EAM- pasó a primer plano. La Armada asumió buena
parte de las responsabilidades organizativas. No se escatimaron gastos en las
obras de infraestructura: se remodelaron dos estadios, se construyeron tres y
se inauguraron las instalaciones de la empresa Argentina 78 Televisora S.A.,
que se encargaría de emitir las imágenes en color de los partidos.
Graciela Alfano y el almirante Lacoste, titular del EAM ´78 (Ente Autárquico Mundial ´78).
También se puso especial cuidado en los aspectos vinculados a la seguridad. Mientras las autoridades militares llegaban a un acuerdo con los jefes de las “barras bravas”, el relator deportivo José María Muñoz lanzaba una campaña contra quienes arrojaban papelitos en las canchas (es el mismo desorden mental que tiene Macri, para quien son más importantes los papelitos arrojados en vía pública que las aulas de las escuelas y la patología se denomina Γλειφιτζούρι-fobia): no había que “afear” la fiesta…
Caloi -a través de su emblemático y popular Clemente- le gana la batalla por los papelitos a un adecentado en cuestiones formales como el relator José María Muñoz.
El 1 de junio, con motivo del encuentro inaugural entre Alemania Occidental y Polonia –que terminó empatado- Videla pudo decir: “En el marco de esta confrontación deportiva caracterizada por su caballerosidad, en el marco de la amistad entre los hombres y los pueblos bajo el signo de la paz, declaro inaugurado este Undécimo Campeonato Mundial de Fútbol 78”. El gobierno había decretado feriado a partir del mediodía, para favorecer la concurrencia de la población. Pero todo el brillo de la fiesta inicial no impidió que dos periodistas alemanes mecharan la transmisión a su país con comentarios sobre las torturas y la existencia de campos de concentración en la Argentina. Por supuesto, el gobierno manifestó su indignación al trascender la noticia.
Videla haciendo la apertura oficial -el discurso no duró más de un minuto en tono marcial (y para más no le daba)- del Mundial ´78.
Los sucesivos éxitos de la selección argentina fueron
aumentando la expectativa y la euforia, que trascendían a la afición
futbolística para contagiarse a toda la población. El 21 de junio, en Rosario,
el equipo argentino derrotó por seis tantos a cero a su similar peruano,
obteniendo la clasificación para la final. La junta militar asistió al
encuentro y celebró entusiasmada cada gol argentino.
El 25 de junio era la fecha del encuentro final contra el
seleccionado holandés. El partido contó con un espectador “de lujo”: Henry
Kissinger, especialmente invitado por el gobierno.
Los terroristas de Estado Massera, Videla y Agosti, festejando el último gol contra Holanda que consagraba a Argentina Campeón Mundial de Fútbol 1978. A pasos de allí, en la ESMA, estaban torturando y matando.
La Argentina batió a Holanda por tres goles a uno. Otra vez
los miembros de la junta militar pudieron confundir sus voces con las de la
multitud y sentirse rodeados de aplausos. No eran para ellos, pero en la
algarabía general el detalle pasaba inadvertido.
Fue una fiesta: las calles se llenaron de mujeres, hombres y
niños que –sin distinción de clases- se unían en una jubilosa celebración.
Probablemente, quienes ya sufrían las consecuencias de la perversa política
económica no olvidaban sus padecimientos: simplemente los dejaban de lado por
un momento para aferrarse a un fugaz momento de alegría. Pero esas calles
repletas de manifestantes, que coreaban los goles de la selección, configuraban
la imagen deseada por el gobierno, que había utilizado políticamente el
acontecimiento deportivo.
Los festejantes aunque fuera por un momento de ficticia alegría habían olvidado sus penurias económicas y su luto por algún ser querido desaparecido, es decir el Estado asesino -por un momento- había logrado su cometido: utilizar políticamente al Mundial.
Al agasajar a la prensa extranjera, al día siguiente del
partido, dijo Videla: “Señores, yo quiero agradecerles lo que han hecho para
que esta realidad argentina fuera por todos conocida. Para que este júbilo que
se manifiesta en nuestras calles en varias y sucesivas noches y aún durante el
día, sepan ustedes interpretarlo, que es el júbilo de un pueblo que más allá
del exitoso resultado deportivo festeja el reencuentro consigo mismo. El
reencuentro con sus valores tradicionales, orgulloso de su pasado, que no reniega
de su presente y que asume con heroico optimismo el futuro inmediato”.
Ibérico Saint Jean, interventor en la provincia de Buenos
Aires, fue más lejos aún: “Hay un tema que está en la conversación y en los
sentimientos de todos los argentinos. La alegría del pueblo argentino por el
triunfo del seleccionado y el éxito final debe ser juzgado no como la explosión
de un momento, sino para que todos nos consideremos triunfadores en este
proceso de reorganización en que estamos empeñados. Atrás quedó la Argentina de
antes, sectorial y dividida. Ahora ya se vislumbra la Argentina pujante,
optimista, que renovó su fe”.
Aun Juan Alemann, que se había opuesto con tenacidad a la realización
del Mundial, apreciaba los réditos políticos obtenidos: “Por cierto la fiesta
del Mundial ha sido magnífica y no está definitivamente mal que se haya gastado
toda esa plata, si existía una verdadera decisión de gastarla. Pero en este
caso –advertía- es necesario tener conciencia de que hemos elegido poner
nuestro dinero en dar un fiesta. A no quejarse entonces que faltan recursos
para otras cosas”.
El general Ibérico Saint Jean, interventor militar (no "gobernador") de la dictadura cívico-militar en la provincia de Buenos Aires.









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