viernes, 1 de junio de 2012

1 DE JUNIO DE 1978: EN EL ESTADIO DE RIVER PLATE, EN PLENA DICTADURA CÍVICO-MILITAR EMPIEZA EL MUNDIAL DE FÚTBOL “ARGENTINA ´78”.


La imagen lúgubre del Mundial que se jugó en la Argentina de la Dictadura cívico-militar.
Se aproximaba la fecha del Mundial de Fútbol. La realización del certamen revestía importancia para el gobierno encabezado por los militares. Por un lado, la Argentina se convertiría en una vidriera para turistas y delegaciones extranjeras: del éxito organizativo dependería el mejoramiento de la imagen externa del país. Por otra parte, el gobierno confiaba en que un triunfo deportivo produciría una euforia capaz de distraer a los argentinos de cuestiones más graves y acuciantes. Era importante presentar, a los ojos del mundo, la imagen de un pueblo alegre y unido en torno a su gobierno.

El gauchito-mascota del Mundial, pateando una calavera que es más simbólico y creíble que haber pateado una pelota en aquellos días.
En el exterior se dudaba de la realización del certamen: se pensaba que no se cumplirían los plazos de realización de las obras de infraestructura y que no era conveniente llevar a cabo el campeonato en un país acusado de graves violaciones a los derechos humanos. Ya en abril el embajador argentino en Francia, Tomás de Anchorena, denunció la existencia de una campaña destinada a desprestigiar al país que pretendía boicotear el mundial de fútbol.
Tampoco todas las opiniones gubernamentales coincidían: el secretario de Hacienda, Juan Alemann, había manifestado que el campeonato mundial de fútbol era una “herencia que no debió haberse aceptado, pues es un factor inflacionario y el área de economía no participó en la concepción de la instrumentación de esa decisión”. 

Publicación de boicot al Mundial de Argentina ´78, firmado por el comité parisino por los Derechos Humanos.

Pero la opinión de la Marina –que tenía amplia injerencia en cuestiones externas- pesó decisivamente. La organización Montoneros había anunciado su decisión de sabotear el certamen, pero poco antes de su iniciación anunció una “tregua”: muchos vincularon ese cambio de actitud a las negociaciones mantenidas por Massera con Firmenich en París, en agosto de 1977. Además, un atentado de proveniencia poco clara había costado la vida al general Omar Actis, presidente del EAM´78 (Ente Autárquico Mundial ´78). En su reemplazo se designó al general Antonio Merlo, pero la figura del almirante Carlos Lacoste, -miembro del EAM- pasó a primer plano. La Armada asumió buena parte de las responsabilidades organizativas. No se escatimaron gastos en las obras de infraestructura: se remodelaron dos estadios, se construyeron tres y se inauguraron las instalaciones de la empresa Argentina 78 Televisora S.A., que se encargaría de emitir las imágenes en color de los partidos.

Graciela Alfano y el almirante Lacoste, titular del EAM ´78 (Ente Autárquico Mundial ´78).

También se puso especial cuidado en los aspectos vinculados a la seguridad. Mientras las autoridades militares llegaban a un acuerdo con los jefes de las “barras bravas”, el relator deportivo José María Muñoz lanzaba una campaña contra quienes arrojaban papelitos en las canchas (es el mismo desorden mental que tiene Macri, para quien son más importantes los papelitos arrojados en vía pública que las aulas de las escuelas y la patología se denomina Γλειφιτζούρι-fobia): no había que “afear” la fiesta…

Caloi -a través de su emblemático y popular Clemente- le gana la batalla por los papelitos a un adecentado en cuestiones formales como el relator José María Muñoz.


El 1 de junio, con motivo del encuentro inaugural entre Alemania Occidental y Polonia –que terminó empatado- Videla pudo decir: “En el marco de esta confrontación deportiva caracterizada por su caballerosidad, en el marco de la amistad entre los hombres y los pueblos bajo el signo de la paz, declaro inaugurado este Undécimo Campeonato Mundial de Fútbol 78”. El gobierno había decretado feriado a partir del mediodía, para favorecer la concurrencia de la población. Pero todo el brillo de la fiesta inicial no impidió que dos periodistas alemanes mecharan la transmisión a su país con comentarios sobre las torturas y la existencia de campos de concentración en la Argentina. Por supuesto, el gobierno manifestó su indignación al trascender la noticia.

Videla haciendo la apertura oficial -el discurso no duró más de un minuto en tono marcial (y para más no le daba)- del Mundial ´78.
Los sucesivos éxitos de la selección argentina fueron aumentando la expectativa y la euforia, que trascendían a la afición futbolística para contagiarse a toda la población. El 21 de junio, en Rosario, el equipo argentino derrotó por seis tantos a cero a su similar peruano, obteniendo la clasificación para la final. La junta militar asistió al encuentro y celebró entusiasmada cada gol argentino.


El 25 de junio era la fecha del encuentro final contra el seleccionado holandés. El partido contó con un espectador “de lujo”: Henry Kissinger, especialmente invitado por el gobierno.

Los terroristas de Estado Massera, Videla y Agosti, festejando el último gol contra Holanda que consagraba a Argentina Campeón Mundial de Fútbol 1978. A pasos de allí, en la ESMA, estaban torturando y matando.
La Argentina batió a Holanda por tres goles a uno. Otra vez los miembros de la junta militar pudieron confundir sus voces con las de la multitud y sentirse rodeados de aplausos. No eran para ellos, pero en la algarabía general el detalle pasaba inadvertido.


Fue una fiesta: las calles se llenaron de mujeres, hombres y niños que –sin distinción de clases- se unían en una jubilosa celebración. Probablemente, quienes ya sufrían las consecuencias de la perversa política económica no olvidaban sus padecimientos: simplemente los dejaban de lado por un momento para aferrarse a un fugaz momento de alegría. Pero esas calles repletas de manifestantes, que coreaban los goles de la selección, configuraban la imagen deseada por el gobierno, que había utilizado políticamente el acontecimiento deportivo.

Los festejantes aunque fuera por un momento de ficticia alegría habían olvidado sus penurias económicas y su luto por algún ser querido desaparecido, es decir el Estado asesino -por un momento- había logrado su cometido: utilizar políticamente al Mundial.

Al agasajar a la prensa extranjera, al día siguiente del partido, dijo Videla: “Señores, yo quiero agradecerles lo que han hecho para que esta realidad argentina fuera por todos conocida. Para que este júbilo que se manifiesta en nuestras calles en varias y sucesivas noches y aún durante el día, sepan ustedes interpretarlo, que es el júbilo de un pueblo que más allá del exitoso resultado deportivo festeja el reencuentro consigo mismo. El reencuentro con sus valores tradicionales, orgulloso de su pasado, que no reniega de su presente y que asume con heroico optimismo el futuro inmediato”.
Ibérico Saint Jean, interventor en la provincia de Buenos Aires, fue más lejos aún: “Hay un tema que está en la conversación y en los sentimientos de todos los argentinos. La alegría del pueblo argentino por el triunfo del seleccionado y el éxito final debe ser juzgado no como la explosión de un momento, sino para que todos nos consideremos triunfadores en este proceso de reorganización en que estamos empeñados. Atrás quedó la Argentina de antes, sectorial y dividida. Ahora ya se vislumbra la Argentina pujante, optimista, que renovó su fe”.

El general Ibérico Saint Jean, interventor militar (no "gobernador") de la dictadura cívico-militar en la provincia de Buenos Aires.
Aun Juan Alemann, que se había opuesto con tenacidad a la realización del Mundial, apreciaba los réditos políticos obtenidos: “Por cierto la fiesta del Mundial ha sido magnífica y no está definitivamente mal que se haya gastado toda esa plata, si existía una verdadera decisión de gastarla. Pero en este caso –advertía- es necesario tener conciencia de que hemos elegido poner nuestro dinero en dar un fiesta. A no quejarse entonces que faltan recursos para otras cosas”.